Cuando la vio suspiró hondamente, cerró los ojos y alzó el escudo. Empezó a caminar y la lluvia de flechas se intensificó a medida que avanzaba. Luego, el acero fue fuego, porque el miedo quema, la duda quema, la soledad quema. Y cuando llegó hasta ella, con su escudo hecho añicos y derrotado, se dio cuenta de que no todas las marcas en la piel son heridas. Ella le sonrió y él fijó su morada en la caverna de las ascuas, donde la llama era distinta. No dolía, solo envolvía. Se había enamorado de ella y allí quería arder.
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