El Viento de Cynthamani
- Jessica Galera Andreu
- 28 ene 2022
- 8 Min. de lectura
Por más suspiros que su regreso allí le había arrancado, ninguno de ellos había sido capaz de liberar el nudo que le apretaba la garganta. Una sensación nueva. Sus pies descalzos caminaron entre la árida tierra arrastrando los pasos. La sombra de la catedral era un gigante herido reacio a claudicar por completo ante la implacable espada del tiempo. Sus vetustos muros, llenos de muescas y cicatrices, se habían convertido en centinelas de la nada que allí quedaba. Porque eso era lo que había: nada. Y sin embargo, Luara había creído oír sollozos. Estaba segura de ello. La vieja catedral de Cynthamani siempre había respirado, y sentido cada una de las circunstancias y vivencias que se habían desarrollado allí, desde su lejana construcción, largamente extendida en el tiempo, hasta los devastadores incendios provocados por los enemigos de la diosa Cynthas, pasando también por el saqueo del Gremio de Uviatán, que le había arrebatado de las entrañas los más grandes tesoros que dioses y reyes habían guardado allí en tiempos ya muy remotos
Luara se frotó los brazos al evocar tan dolorosas experiencias, porque sus ojos grises las habían atestiguado todas. Después de tal maltrato al templo, las leyendas de maldición y condena se habían alzado como muertos de sus tumbas y en cada libro o alrededor de cada fogata se narraba una de ellas. Pero Luara caminaba sin miedo en aquella noche de cielo nuboso, flanqueada por los muros derrumbados. Tal era la fuerza con la que habían arraigado las fábulas de la catedral que incluso se había bautizado a un viento con su nombre. Al aire que era solo una brisa ligera, pero fría; al débil empuje que arañaba el alma, colándose sin dificultad entre los resquicios que alzaban silbidos, se le llamaba viento de Cynthamani. Y uno podía sentirlo dentro de su cuerpo, paralizando, enredándose entre huesos, susurrando voces, construyendo demencias.

Y esa noche soplaba. A Luara le mecía la cabellera gris, deslizándola sobre su cuello y espalda. Alzó la mirada y recordó el día en el que el techo se había derrumbado; la noche en la que el rosetón y las vidrieras habían reventado, la tarde en la que la cripta había sido profanada y saqueada, la mañana en la que las gárgolas habían sido arrancadas y destruidas. Las jornadas execrables se contaban por docenas y, sin embargo, la catedral las había perdonado todas.
Dobló a mano izquierda, perdiéndose entre los arcos que se sublevaban frente a la luz de la luna, impidiéndole su entrada al reino de las tinieblas. Sobre la cabeza de Luara se entretejían, en una quebradiza alianza que rompía los rayos de plata multiplicando las sombras. Llegó hasta el patio de piedra y serpenteó entre las estatuas como una lánguida cinta de humo.
La dama de la luna yacía aún tendida en el suelo, lamentando el infortunio de una pérdida irreparable. Su cuerpo ejercía de esa tierra que no podía dar sepultura y su pétreo rostro sería siempre una estampa de sufrimiento sin lágrimas porque hasta eso se secó en su alma. A su espalda, la luna llena le lanzaba una caricia que trataba de ser un consuelo y no era más que plata carente que daba luz a su pena.
Y Luara siguió caminando.

El dragón de Nitt la miró desde su pedestal y rememoró en los reflejos mortecinos de su cuerpo aquellos paisajes de ensueño sobre los que batía sus alas, un mundo a sus pies cuando era gobernante del cielo y consorte de la luna. Sus fauces abiertas no eran más que una llamada de auxilio inútil porque no las acompañaban rugido alguno, y la piedra lo esclavizaba a la piedra, convirtiendo al éter en una anhelo inalcanzable. Sus alas, en una burla cruel. Y Luara siguió caminando.

Había ocupado siempre la parte más discreta del patio. El ángel Kaitas, el centinela de la diosa, el que había surcado espacio, tiempo y mundos para velar por ella, para cuidarla. Su maltrecha roca mostraba un castigo visible, aterrador y aun así, mucho menos doloroso que el que clavó su mirada en la losa. Luara le acarició el rostro y la frialdad de aquella mejilla hizo temblar su mano. Otra sensación nueva. ¿Cómo un pedazo de roca podía contagiar tal tristeza? Sin la diosa, el ángel era un busto inútil orando por su propia desgracia. El silencio lo envolvía de una manera más espesa, como un amante posesivo, como la raíz determinada de una hierba venenosa que se aferra a su huésped sin clemencia. Sus alas muertas ni siquiera serían capaces de abrazarlo, de protegerlo o de infundirle calor. Le costó algo más apartarse de él porque siempre había admirado aquella hermosa talla que un día aparentó ser obra de la misma diosa. Pero Luara siguió caminado.

Dejó atrás otras tantas estatuas más, rostros tristes e inertes a los que no tuvo el valor de acercarse. Lo que antaño había sido un paraje de admirable belleza no emulaba ahora sino un camposanto de desoladoras sensaciones. El viento seguía soplando y arañaba y dolía y mordía. Silbaba jactándose ante todo aquello que había sucumbido. Luara seguía percibiéndolo en la caricia osada que le erizaba el vello. Pero apresuró sus pasos, dotándolos de una seguridad que no era más que el disfraz de su rabia, su ira y su impotencia.
Y al verlo se detuvo. No era una estatua más, pero bien podría haber sido el resultado cincelado de algún dios. Sabía que lo encontraría allí. Por eso había temido regresar. Por eso había dejado pasar el tiempo como un azaroso capricho que escogería el momento en base a su nuevo corazón. Y allí estaba, un contorno desdibujado al amparo lo de la noche protectora, que le devolvía las hermosas formas de su rostro y el azul de aquella mirada de éter.

La primera vez que lo había visto poner un pie en la catedral, Luara había temblado, pues sabía a qué venía. El Gremio de Uviatán solo tenía un cometido: robar y vender los más preciados tesoros de los templos sagrados. Úlsangor no era diferente y sin que su mano titubease lo más mínimo, mancilló los rincones más sagrados de Cynthamani, haciéndose con un suculento botín: la gema de Sanguis. Contaban que, enterrada en lo más profundo de la cripta, aquella hermosa joya de un rojo cegador, era el corazón de la diosa, capaz de dotar de vida a la estatua que le rendía culto. Aquel que llevase a cabo tal proeza, estaría en disposición de solicitarle cualquier favor. Y Úlsangor acunó el rubí en su mano con codicia.
Pero en el patio de piedra, allí donde los suyos habían sesgado el peso de la belleza y la historia a base de acero e ira, allí donde habían arrancado a la diosa de su pedestal para llevársela, Úlsangor la vio. Aún se mantenía en pie, aunque mutilada. No podía ser solo una estatua más; la hermosura en aquellas facciones debía de estar inspirada en alguien y el saber de quién se trataba lo arrastró a una locura demente de la que no buscaba sanación. Ni siquiera la propia Cynthas era tan hermosa.
-¿Has encontrado la gema? -quiso saber Larion.
Úlsangor dudó y negó débilmente con la cabeza.
-Aún no, mi señor -mintió.
-Búscala y no regreses sin ella. Los demás nos vamos.
Por momentos, había sentido el rubí latiendo en su bolsillo, pero de pronto su cometido y sus prioridades se habían modificado. Cuando los demás se fueron, respiró aliviado y regresó al rincón del patio, junto a ella.

De su lado solo se apartaba para perderse en la biblioteca. Tampoco la sala del saber se había librado de las iras del tiempo y el hombre, pero Úlsangor confió en su fortuna y buscó entre las páginas un rostro como el de ella, una identidad, un nombre, sin llegar nunca a encontrarlo. Después, regresaba junto a su amor de piedra y seguía embelesado en cada facción, en su cabello ondulado, en sus pétreos ojos.
-Si tan solo pudiera conocer tu nombre... Solo un nombre. Nadie pudo imaginar tal belleza. Tuviste que ser alguien.
La admiró durante horas y días, deleitándose en el ángulo de la luz del sol al ponerse y en las sombras que generaba en ella la luna. Fantaseó con una sonrisa abierta o con una mueca cualquiera. Paseó sus dedos sacrílegos sobre aquellos labios de ensueño y, como rezaba el presagio, le concedió vida a la estatua. No hicieron falta besos de cuento ni declaraciones envueltas en promesas que no se cumplirían; tampoco rituales de ofrendas insaciables o bañadas en sangre. Bastó con la admiración silenciosa, con un amor callado y con la entrega de una vida que desgranó horas y más horas deseando que un trozo de piedra fuera poseedor de su mismo don. Y lo fue.
El rubí se convirtió en un líquido rojizo a los pies de aquella estatua. Pero los pecados que pesaban sobre las espaldas de Úlsangor solo pudieron verse castigados y así fue cuando vio a a Luara alejarse de allí, pues una piedra no puede sentir. Ni amar. Y aun así, el hombre permaneció en el templo donde se mantenía su pedestal, esperando, ajeno al roce del viento de Cynthamani, que cortaba como una cuchilla, trayéndole un eco asfixiante. No era un huracán desatado ni el latigazo del aire del norte, pero arrastraba hasta sus oídos cada uno de los reproches que no salían de los labios de Luara.

Y en aquella noche entelada la vio regresar. Al principio fue incapaz de moverse y solo pudo mirarla como lo había hecho tiempo atrás. El viento le concedía la certeza que tanto había anhelado: su cabello ya no era roca ni sus ojos cristalinos ni las curvas de su cuerpo menudo.
Entonces, Úlsangor alzó la mirada por encima de su hombro y atisbó dos sombras más al otro lado del patio. Con la luna llena en el punto más álgido del templo no le costó distinguir las libreas de la Hermandad de Thresauris.
-Vienes con ellos... -observó.
La pregunta se tiñó de confirmación y la confirmación dolió.
-Sí.
Escuchó su voz por vez primera, un coro de ángeles entonando melodías celestiales solo para él. Y sin embargo no podía embriagarse en ello.
-Heriste de muerte a Cynthamani -añadió Luara-, la profanaste. Tus hombres y tú destruisteis lo poco que quedaba en pie. La Hermandad de Thresauris busca resarcir tales actos. Y yo los conduje hasta aquí.
-Quieren la gema -respondió él-. Te la arrebatarán y volverás a ser...
-Una estatua -lo interrumpió ella-. Lo sé.
-¿Y entonces por qué los traes? Me hubieran matado de todos modos, sin necesidad de que les devolvieras la gema; no pensaba irme de aquí. Sin la estatua de la diosa, la Sanguis ya no sirve de nada y a estas alturas, el Gremio ya se habrá deshecho de ella. ¿Vale esta venganza tu propia vida?
Ella se acercó, recortando una distancia que a él siempre le había parecido un abismo.
-Me llamo Luara. Si te basta un nombre, ese es el mío, sacerdotisa de la diosa Cynthas.
-Luara... -repitió él, saboreándolo.
-No he venido a ver rubricada una venganza contra ti, pero ambos sabemos que no hay más alternativa que esta... y quiero sellarla a tu lado.
Ni uno ni otra fueron capaces de evitarlo, aunque tampoco mostraron intención de hacerlo. La daga de la Hermandad de Thresauris rubricó una sangrienta unión que acabó solidificándose en el suelo. El hombre que sostenía la hoja se agachó y recogió el rubí aún caliente. Por momentos parecía latir sobre la palma de su mano. La estatua de la diosa se había perdido, pero la Sanguis volvería a la cripta de la que nunca debió salir, apresando su don en una quimera que no debía de estar al alcance de nadie. Esa era la misión de la Hermandad: preservar los tesoros antiguos y evitar que cayeran en manos inconscientes. Eso llevaba Bursk haciendo toda su vida.

Alzó la vista y le dedicó una última mirada a la estatua. Aquel bosque de piedra y tristeza le erizaba la piel, levantando en su cuerpo las peores sensaciones, pero había algo hermoso en aquella nueva estatua que parecía envejecida por el paso de un tiempo que no se había dado. El viento de Cynthamani se hizo más intenso y estremeció a Bursk, que creyó escuchar un susurro en su empuje, una voz que le encomiaba a marcharse de allí para siempre. Se arrebujó en su capa y su sombra desapareció entre la negrura. Y aquella fue la última vez que alguien logró poner un pie allí, pues aquel vientecillo persistente heló los muros y el suelo; congeló la hierba y la roca, y el aire se hizo irrespirable en la catedral de hielo.
Comments